La paradoja de Fermi no nació en un congreso, ni en una pizarra llena de ecuaciones, ni en un paper con veinte coautores peleándose por el orden del apellido. Nació como nacen las mejores ideas. En una conversación informal.
Después de unos cuantos años trabajando con aplicaciones .NET en producción, uno acaba desarrollando cierto respeto por los logs. No porque sean una pieza especialmente elegante del sistema, sino porque suelen ser lo único que queda cuando algo va mal y no hay forma rápida de reproducirlo.
A los desarrolladores nos sobra ego. Mucho. Nos gusta pensar que nuestro código es especial, que nuestras decisiones técnicas tienen algo de irrepetible y que, si alguien osa tocarlo sin cuidado, el sistema colapsaría
Si te asomas a cualquier tutorial moderno, te lo venden fácil. Un framework aquí, dos decoradores allá, cuatro líneas de código y ya tienes un “agente” que decide, llama herramientas, consulta documentos y, si le dejas, te redacta el testamento en verso libre. Para jugar, es perfecto. Te da ese subidón de “lo he montado en una tarde”.