Desde que las IAs y los asistentes de código han dejado de ser “gratis” y las grandes corporaciones han empezado a comportarse como lo que siempre fueron (empresas que venden software ejecutándose en ordenadores absurdamente caros), ha empezado a escucharse una crítica que me parece equivocada.
Que si malgastamos tokens. Que usamos agentes de código para tareas demasiado simples.
Go es mejor que C# para hacer proxies (y no pasa nada por decirlo). Hay discusiones técnicas que nunca mueren. No porque sean profundas, sino porque son cómodas. Lenguajes, frameworks, tabs vs spaces… y, por supuesto, proxies.
Hay una llamada en .NET que parece inocente, que puede pasar inadvertida. No dará error, compilará sin problemas y, si buscas en internet, seguro que encuestras más de un ejemplo o solución a un problema que la usa. Es inocente, simple y los asistentes de código la sugieren como si fuera una función más del contenedor de dependencias.
Hay enfoques de desarrollo que eliges por convicción. Otros que eliges por conveniencia. Están los que adoptas porque no conoces otra opción. Y los que en algún sitio de la empresa se convirtieron en religión, así que ya no es solo una decisión técnica: es un tema de integración empresarial.
La paradoja de Fermi no nació en un congreso, ni en una pizarra llena de ecuaciones, ni en un paper con veinte coautores peleándose por el orden del apellido. Nació como nacen las mejores ideas. En una conversación informal.
Después de unos cuantos años trabajando con aplicaciones .NET en producción, uno acaba desarrollando cierto respeto por los logs. No porque sean una pieza especialmente elegante del sistema, sino porque suelen ser lo único que queda cuando algo va mal y no hay forma rápida de reproducirlo.
A los desarrolladores nos sobra ego. Mucho. Nos gusta pensar que nuestro código es especial, que nuestras decisiones técnicas tienen algo de irrepetible y que, si alguien osa tocarlo sin cuidado, el sistema colapsaría
Si te asomas a cualquier tutorial moderno, te lo venden fácil. Un framework aquí, dos decoradores allá, cuatro líneas de código y ya tienes un “agente” que decide, llama herramientas, consulta documentos y, si le dejas, te redacta el testamento en verso libre. Para jugar, es perfecto. Te da ese subidón de “lo he montado en una tarde”.
Hay días extraños en los que no tienes nada urgente que hacer.
El backlog está razonablemente bajo control, no hay bugs críticos y el código compila a la primera.
Y es justo en esos momentos cuando aparecen las preguntas más incómodas.